El «progresista» Lula y la Guerra contra el Paraguay

Hace pocos días, el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva declaró, en el marco de la reapertura de la empresa Avibras —dedicada a la producción de material bélico y tecnología militar—, su visión sobre la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870):

«A nosotros nos gusta la paz. Pero no nos podemos olvidar de que, un buen día, Paraguay resolvió invadir Brasil. Invadió Corumbá. Al mismo tiempo, invadió Uruguay. Al mismo tiempo, invadió Argentina. Y aquella guerra que parecía que no era nada duró cinco años. Y aquella guerra debió de consumir el equivalente a cinco presupuestos del país de aquella época…»

Estas declaraciones provocaron una justa indignación en la opinión pública paraguaya, donde en tono nacionalista casi todas las expresiones políticas —a derecha e izquierda— salieron a cuestionar sus palabras. Pronunciadas por el mandatario de la principal economía sudamericana y utilizadas para justificar en el ámbito doméstico el aumento del gasto militar, las declaraciones de Lula no solo son factual e históricamente equivocadas, sino que funcionan como una velada demostración de fuerza regional.

Ante esto, resulta imprescindible fijar una clara posición socialista e internacionalista.

Lula no hizo más que repetir la visión chovinista e imperial de la historiografía oficial brasileña. Esa lectura, escrita por los vencedores, realiza un recorte arbitrario para sostener la caricatura del Paraguay como país agresor y, por ende, único «responsable histórico» del principal conflicto bélico sudamericano.

Es cierto que el dictador Francisco Solano López ordenó, el 27 de diciembre de 1864, el ataque y la ocupación de la fortaleza de Coímbra y, días después, la toma de Corumbá en el Mato Grosso. También es cierto que en 1865 dos columnas paraguayas avanzaron hacia Río Grande del Sur y que, ante la negativa del gobierno de Bartolomé Mitre a permitir el paso de tropas para auxiliar al gobierno oriental —mientras la Argentina colaboraba abiertamente con la escuadra brasileña—, López ocupó la provincia de Corrientes. Sin embargo, es absolutamente falso que el Paraguay haya invadido el Uruguay: las tropas paraguayas jamás pisaron suelo uruguayo, tras ser derrotadas en Yatay en agosto de 1865 y capitular en Uruguayana en septiembre de ese mismo año.

Lo que Lula omite, siguiendo la narrativa nacionalista del Estado brasileño, es el proceso previo de injerencia externa en la República Oriental del Uruguay iniciado en 1863. Ese proceso culminó con el bloqueo y bombardeo de la escuadra imperial a ciudades uruguayas —con el apoyo político y logístico del gobierno de Buenos Aires— y con la invasión terrestre de las tropas brasileñas el 16 de octubre de 1864. Esa crisis regional precedió y determinó las decisiones de López. La invasión brasileña al Uruguay y el derrocamiento del gobierno blanco, aliado de Asunción, fueron interpretados por el gobierno paraguayo como el primer paso para el estrangulamiento comercial y político de su país, cuando no como la antesala de una agresión militar a su propia soberanía. Por ello, tras advertir explícitamente a la diplomacia imperial que cualquier agresión militar al Uruguay sería considerada un casus belli, el gobierno paraguayo decidió tomar la iniciativa e invadir el Mato Grosso.

Así, resulta deshonesto y carente de rigor obviar la crisis interna uruguaya y la injerencia político-militar del Imperio del Brasil y de la oligarquía porteña en ese país, puesto que la Guerra contra el Paraguay fue, en realidad, una consecuencia directa de ese proceso.

La visión expresada por Lula fortalece la narrativa de los países vencedores. Es evidente que sus dichos buscan agradar a la cúpula de las Fuerzas Armadas brasileñas, en el marco de una política de concesiones y crecientes incentivos presupuestarios hacia los cuarteles sostenida desde el inicio de su mandato en 2023. Las declaraciones de Lula no son un mero traspié individual ni un desliz retórico, sino la consecuencia directa de la colaboración de clases. Tampoco responden a la ignorancia histórica. Él sabía muy bien lo que decía y a quién quería agradar con esa posición: a la jerarquía militar y a los sectores más conservadores de la sociedad brasileña.

No debe sorprender, por su parte, el revuelo generado en Paraguay, dado que el país no solo perdió «cinco presupuestos nacionales de aquella época», sino que sufrió una derrota nacional histórica: en poco más de cinco años, perdió cerca de dos tercios de su población total y más del 80 % de su población masculina, se vio privado de los territorios que reivindicaba como propios, sufrió la ocupación de las tropas vencedoras hasta 1876 y quedó asfixiado por una pesada deuda de guerra impuesta por sus verdugos.

Todo esto sin contar que, desde entonces, su condición estatal quedó reducida a la de un país satélite, sometido no solo a los imperialismos hegemónicos, sino a las burguesías regionales de Brasil y Argentina. La opresión nacional que ejerce el Estado brasileño es aún más pronunciada: el Tratado de Itaipú continúa succionando energía paraguaya para favorecer a la burguesía del sudeste brasileño, la expansión del agronegocio fronterizo desplaza a comunidades tradicionales campesinas e indígenas, y la política del «usen y abusen» promovida por los gobiernos locales de Horacio Cartes y Santiago Peña atrae a capitales brasileños para saquear los recursos del país y aprovecharse de la mano de obra barata que ofrece la clase dominante paraguaya.

En suma, sobre la base del genocidio y el despojo histórico del siglo XIX, la burguesía brasileña —a través del agronegocio, las multinacionales y las corporaciones energéticas— utiliza al Paraguay como un enclave mediante la explotación laboral y el extractivismo. La burguesía paraguaya, hoy representada por el cartismo y el gobierno de Peña, confirma la incapacidad estructural de las élites locales para consumar la independencia nacional, porque, lejos de combatir el sometimiento, actúan como socios menores y administradores del saqueo que sufrimos los trabajadores.

Es lamentable cómo la llamada izquierda brasileña —a la que su nacionalismo y estrechez de miras impidieron incorporar las lecciones de la guerra de conquista y exterminio promovida por su burguesía en el siglo XIX— ha guardado silencio al respecto. Además de exhalar chovinismo, la mayoría de la izquierda brasileña se muestra incapaz de formular una crítica seria a Lula, al haber capitulado a su proyecto burgués «desarrollista» y apoyarlo o tolerarlo como «mal menor» frente al bolsonarismo, más aún en el contexto de un año electoral.

Por su parte, la izquierda nacionalista y provinciana paraguaya, si bien cuestionó las declaraciones de Lula, aprovechó la oportunidad para reproducir el dogma de que «López es la causa paraguaya y viceversa». Ni una sola crítica histórica a López, el intocable. Sin embargo, aunque el mariscal y la clase dominante paraguaya encabezaban una nación oprimida bajo el ataque de potencias regionales, ello no significa que representaran los intereses de las clases trabajadoras de la época.

El pueblo pobre paraguayo —campesinos, peones rurales, indígenas y afrodescendientes— enfrentó al invasor junto a López frente a un enemigo común, pero sobre la base de intereses de clase antagónicos. Esta es la dinámica de clase que la izquierda paraguaya, educada en las deformaciones teóricas del estalinismo, es incapaz de asimilar.

Asimismo, aunque la percepción de López sobre el cerco diplomático y militar que se cerraba sobre Asunción en 1864 era plausible, sus cálculos político-militares resultaron nefastos: ni Urquiza ni los federales argentinos se sumaron a la contienda contra Mitre, y su estrategia de «guerra relámpago», mal equipada, mal conducida y carente de claridad operacional, terminó en un fracaso estrepitoso que en menos de un año colocó al país a la defensiva. La causa del pueblo paraguayo, como nación oprimida, era justa; pero López, mal que les pese a los nacionalistas de derecha o de izquierda, fue un pésimo conductor político y militar.

Las declaraciones de Lula, fieles a la vieja tradición expansionista de Brasil, deben servir no solo para comprender el pasado, sino para desnudar las relaciones asimétricas de dominación y el lugar de subordinación que ocupa el Paraguay en la geopolítica regional. Es una oportunidad indispensable para contraponer una postura de clase e internacionalista a los relatos chovinistas a ambos lados de la frontera, provengan de la derecha o de las corrientes reformistas que se dicen socialistas.

Insurgencia

28 de julio de 2026

 

 

Te puede interesar: