Escriben: Sandra González y Eduardo Aguayo
Hablar sobre la historia de la clase trabajadora en Paraguay no es relatar fechas en un papel frío, es tocar las cicatrices de un pueblo que, tras el genocidio de 1870, fue vendido por pedazos al mejor postor. Mientras los próceres de la burguesía, vestidos de liberales o colorados, brindaban en Asunción, en la profundidad de los yerbales y en el silencio de los quebrachales ocurría una tragedia que hasta hoy nos duele en la piel: la de un pueblo convertido en extranjero en su propio suelo.
La civilización de la que se jactaban haber instaurado los burgueses liberales significaba para el peón rural paraguayo el derecho a ser perseguido por ley; es decir, legalizaron la esclavitud.
Tras la Guerra de la Triple Alianza, la reconstrucción del Estado paraguayo bajo el signo liberal solo trajo una nueva forma de servidumbre. Ya en 1871, bajo un régimen constitucional, se dictaron decretos que obligaban al peón rural a no separarse de sus trabajos sin el permiso del patrón, permitiendo que fuera “conducido preso” si intentaba abandonar el establecimiento. Así nació el sistema de los mensúes, hombres y mujeres atrapados en deudas infinitas en los almacenes de empresas como La Industrial Paraguaya o los dominios de Carlos Casado.
La burguesía de la época, lejos de buscar el progreso social, se dedicó a la privatización masiva de tierras fiscales. Detrás del discurso de civilización, lo que se afianzaba era la explotación, el endeudamiento, los impuestos y el castigo físico para los trabajadores paraguayos y de pueblos indígenas.
El periodo liberal (1904-1940) se caracterizó por una profunda inestabilidad política y arbitrariedades en el marco de una seudodemocracia que fue aprovechada por las élites y terratenientes para concentrar la acumulación capitalista en detrimento de la vida de la mayoría del pueblo trabajador.
Es necesario que el pueblo pobre no olvide el nombre de la figura más encumbrada y resaltada por los liberales, Eligio Ayala; su gobierno cargó con la responsabilidad directa de la masacre de Puerto Pinasco. El 4 de julio de 1927, cuando los obreros de la International Products Corporation (empresa de la que el propio Ayala era presidente local) reclamaron jornada de 8 horas y el fin de los vales, es decir, no pagaban con moneda nacional, sino con papeles o fichas que solo tenían valor en el almacén de la propia empresa, la respuesta no fue el diálogo, sino el plomo.
Las tropas militares, enviadas para proteger las arcas capitalistas, ametrallaron a los obreros dejando un saldo de muerte y dolor que todavía clama justicia.
Este hecho demuestra que ninguna alternativa burguesa, por más «civilizada» que se pretenda, será jamás favorable a los derechos de nuestra clase si estos amenazan sus privilegios. El Estado siempre ha funcionado como el guardaespaldas armado de las patronales.
En la Revolución de 1936 hubo un aparente breve amanecer donde la clase obrera, por fin, soltó el fusil de las guerras civiles, y decidió dejar de ser un juguete de los partidos tradicionales para empuñar la bandera de su propia clase. Los hacheros, tranviarios, costureras y cigarreras se unieron en la Confederación de Trabajadores del Paraguay (CTP), rompiendo con la trampa de no meterse en política burguesa que servía solo para mantenerlos sumisos y como carne de cañón de los caudillos.
En ese tiempo, el Partido Comunista (PCP) tenía mucha influencia en los sectores sindicalizados. Lejos de impulsar la lucha independiente, orientó a confiar y dar “estabilidad” al gobierno del coronel Franco, que se declaraba abiertamente admirador del fascismo. Esto hizo que la fuerza de las masas obreras se disipara en la ilusión de un proyecto burgués y nacionalista.
Pero el miedo de los poderosos no tardó en reaccionar.
Con la llegada de Higinio Morínigo en 1940, la represión se volvió fascismo puro. En 1941 se decretó la «tregua sindical», que no fue más que una cacería de brujas,: sindicatos clausurados por la fuerza, líderes deportados a los campos de concentración del Chaco o a prisiones inhumanas.
El Estado usó todo su arsenal para presentar al gobierno como «amigo del pueblo» mientras militarizaba a los trabajadores en sus propios puestos de trabajo bajo pena de cárcel.
Un poco más adelante, la dictadura de Alfredo Stroessner (1954-1989) no emergió de la nada,: fue la continuidad de un sistema de persecución y regimentación social para garantizar estabilidad en las internas burguesas y la adaptación a la agenda imperialista.
Durante esas décadas de oscuridad, la burguesía paraguaya perfeccionó el terror a través de los «pyragués» que se infiltraron en las fábricas y comunidades para destruir cualquier intento de organización. El obrero paraguayo vivió la «paz» de los cementerios, huelgas quebradas por la policía, como la emblemática huelga de 1958 o la represión estudiantil de 1959 en el marco de represiones, encarcelamientos, torturas y desapariciones forzadas que desangraron al país.
La represión stronista buscó no solo explotar el cuerpo de mujeres y hombres de nuestra clase, sino matar su memoria y su voluntad de lucha. Se prohibió pensar, se prohibió sentir rabia, y muchas personas terminaron sus días en el destierro, otras con dolores que quedaron marcados de por vida por haber sido despojadas hasta de la última gota de dignidad. Esta burguesía asquerosa, que hoy se lava las manos, fue la que sostuvo y se enriqueció bajo la bota del dictador mientras el pueblo trabajador ponía los muertos.
La caída del régimen, un cambio de grilletes para el pueblo
La caída de la dictadura significó mutar el régimen dictatorial por uno democrático liberal –que desplazó a las FF. AA. como principal institución del régimen y estableció el ritual de las elecciones periódicas y el parlamento capitalista como pilares políticos– una democracia donde las libertades, garantías y la llamada justicia social son una quimera en cuanto a sustancialidad efectiva tras más de 30 años de aquel suceso; o al menos puede decirse que los cambios fueron sobre todo de forma, y donde las concesiones respecto a los pilares liberales fueron concesiones a medias.
Es innegable que el derrocamiento de Stroessner significó un hecho progresivo, más allá de los límites evidentes de ese proceso, puesto que planteó mejores condiciones jurídicas y políticas para que los trabajadores y oprimidos pudieran organizarse y luchar por sus intereses de clase.
En 1989 despertó un proceso, hacía décadas contenido, de luchas campesinas y obreras. En los meses que siguieron al golpe liderado por Rodríguez, se sucedieron ocupaciones de tierra, huelgas, formaciones de sindicatos obreros y organizaciones campesinas. Son los meses de la huelga en Itaipú, Yacyretá, la huelga general de 1994, entre otros ejemplos.
Aquel proceso incipiente y progresivo tuvo un corto alcance y ello fundamentalmente porque el poder efectivo siguió estando en las manos de quienes gobernaron con el dictador (capitalistas, banqueros, latifundistas, mafiosos, muchos de ellos exponentes del propio régimen derrocado en 1989), quienes volvieron a someter al pueblo trabajador, cooptando a la dirigencia sindical que, por unas monedas, se integró a los planes neoliberales de los gobiernos colorados, limitando la proyección de nuevas conquistas y reduciendo las disputas en el marco de la adaptación completa de toda la vanguardia a las instituciones burguesas.
Este proceso contradictorio posdictadura condujo a nuevas derrotas del movimiento, derrotas que ya no guardaban relación solamente con el aplastamiento físico propio de la dictadura como un rasgo fundamental, sino con la derrota moral e intelectual de la vanguardia de la clase trabajadora.
El sindicalismo, gracias a los dirigentes traidores, quedó como sinónimo de corrupción o de ser bandido. Esto último se expresó en la cooptación y adaptación de las principales direcciones del movimiento obrero, campesino y popular a las elecciones, al Congreso, y hacia todo lo que representa el poder político del Estado burgués.
En ese sentido, el cambio operado se desarrolló bajo el tutelaje de los círculos de poder conformado por la dirección del Partido Colorado y de las Fuerzas Armadas. Lo que el golpe desarmó fue la trilogía Stroessner-FF. AA.-ANR como estructura de dominación rígida, para mantener inalterable el poder acumulado por el Partido Colorado y sus anillos burgueses que se enseñorearon posterior a la caída, ahora bajo el manto de la democracia de un supuesto Estado Social de Derecho.
El gobierno de la “Alianza para el cambio” un gobierno inútil y servil
Cuando llegó el gobierno de Fernando Lugo (2008-2012) a la clase trabajadora no le fue mejor; este proyecto de conciliación de clases conducido por el arco de la izquierda reformista paraguaya y el Partido Liberal no significó ningún cambio sustancial. Incluso académicos que apoyaron al gobierno como el sociólogo Tomás Palau señalaron que el gobierno de Lugo no avanzó un milímetro en la cacareada reforma agraria.
Pero no solo eso, el gobierno atacó a los trabajadores del sector público que en masa salieron a las calles a luchar por el derecho adquirido de las 6 horas, el reajuste salarial, y se pudo parar también el intento de privatización del aeropuerto a través de la Ley de Alianza Público Privada (APP). En este periodo nació la Confederación de la Clase Trabajadora (CCT) central que logró la organización y movilización de un importante número de sindicatos del sector público y otros sectores. Debido a las derrotas de años posteriores el movimiento entró en un profundo reflujo y terminó languideciendo esta central.
Todo un material especial merece aquel gobierno de traidores a los intereses del pueblo trabajador; gobierno que acompañó leyes nefastas como la Ley de Terrorismo, la declaración de estados de excepción en el norte del país, entre otros hechos que significaron acompañar las políticas de la burguesía para mostrarse como un gobierno confiable a los intereses del capital nacional y transnacional.
No se puede dejar de mencionar que la dotación de policías que ejecutó la masacre de Curuguaty (cuyo desenlace llevó al juicio político de Fernando Lugo) fue autorizada por el entonces ministro del Interior luguista Carlos Filizzola, quien cobardemente renunció tras la masacre llevada bajo cuerdas por oligarcas como los Riquelme-Reguera, uno de los principales referentes del capital agrario en la zona.
La vuelta de la ANR y el aumento de la miseria
El retome del gobierno por parte del Partido Colorado ha significado hasta hoy la continuidad de la política de saqueo y miseria que por años sostiene el principal aparato de la burguesía nacional. La última huelga general la sufrió el nefasto gobierno de Horacio Cartes, huelga exitosa por su acatamiento y movilización, pero negativa por sus resultados ante la traición de las direcciones burocráticas de las principales centrales de trabajadores.
El intento de huelga general del 2015 fue un fracaso y la heroica huelga de la DINAC de aquel año fue derrotada una vez más por la traición de las centrales sindicales y la burocracia corrupta de la mayoría de los sindicatos dirigidos por personajes ligados en su mayoría al Partido Colorado.
En el periodo actual la mayoría de las centrales obreras como la CUT, CUT-A, CNT y aquellas centrales de membrete como CGT, CPT o CESITEP consuetudinariamente traidoras y entregadas cada vez más al gobierno actual acompañaron leyes nefastas como la Superintendencia de Jubilaciones y Pensiones, superestructura jurídica al servicio de la rapiña de los fondos previsionales y cajas de jubilaciones.
A lo largo de un siglo de sangre sabemos quiénes siempre fueron los verdugos de nuestra clase.
Necesitamos independencia política, una organización propia, nacida de las entrañas de la clase obrera que rompa el cordón umbilical con los explotadores. Necesitamos de un partido auténticamente revolucionario, porque nuestra historia está plagada de ejemplos de heroísmo de las masas obreras y campesinas, pero también de caudillos y partidos que se dicen de izquierda, pero que trabajan para la burguesía.
¡Por la memoria de los caídos en Pinasco, por el hambre de los mensúes, por la memoria de los desaparecidos, por las compañeras y compañeros que levantaron sus voces en la dictadura de ayer y por los que resisten a los sucesivos gobiernos democrático liberales del presente: la lucha por nuestra propia voz política continúa!
