LA COARTADA IMPERIALISTA Y EL PELIGRO DE NEGAR  NUESTRA OPRESIÓN

Por ALE CUERVO GOI, en el CIR. 

Terminado el Mundial, se desató una ola de acusaciones contra la Argentina. Primero en redes sociales para luego encontrar lugar en los medios tradicionales de comunicación. Artistas y personajes públicos internacionales se hicieron eco, al igual que organizaciones y sectores progresistas de los países imperialistas. Samuel L. Jackson reposteó una imagen que llamaba a nuestro país “uno de los países más racistas del mundo, si no el más racista” y pedía a las personas negras que no apoyaran a la Selección. Se sumaron Pedro Pascal, Rosalía, Mía Khalifa, y medios de Europa y Estados Unidos que armaron con episodios sueltos un retrato general de la sociedad argentina. Un país entero, 47 millones de personas, sentado en el banquillo.

Esa campaña va desde absurdos, como la hipocresía de denunciar a la selección argentina por no haberle rendido pleitesía al ganador, hasta el señalamiento de acciones racistas y/o xenófobas.

Ahora bien, ¿por qué ocurre ahora este juicio mundial sobre el racismo argentino, como si fuese el único y mayor país racista del mundo?

¿De dónde viene el ataque?

El 15 de julio, tras ganarle a Inglaterra, los jugadores desplegaron una bandera con la leyenda “Las Malvinas son argentinas”. La FIFA había prohibido de antemano el ingreso de cualquier bandera con esa consigna, y el gobierno de Milei avaló la prohibición. Fueron los hinchas y los jugadores quienes la pasaron por encima.

La reacción británica fue inmediata y estatal. El ministro Peter Kyle exigió una “investigación exhaustiva”. El vocero gubernamental respondió: “La Copa del Mundo puede no ser nuestra, pero las Malvinas sí lo son”. Por su parte, los liberal demócratas pidieron por carta que se excluyera a los jugadores de la final. Y la conservadora Kemi Badenoch avisó: “Ya hemos luchado por este territorio antes. Lo haremos de nuevo si es necesario”. Pero la reacción no solo fue británica. Gobiernos de otros países imperialistas también cuestionaron los “modales” argentinos, encontrando eco incluso en políticos del propio gobierno argentino y sus aliados. La FIFA abrió expediente contra Argentina.

Cuatro días después llegó la ola de acusaciones de racismo.

Así es como funciona la ideología dominante: cuando un país semicolonial levanta una reivindicación anticolonial, aparece el castigo moral. Primero el Estado, con el reglamento en la mano. Después la industria del espectáculo, con el dedo acusador.

Pero este intento de domesticación no es solo del Reino Unido por Malvinas; hay una cuestión de clase de la burguesía mundial, que necesita a los trabajadores y el pueblo latinoamericano disciplinados para profundizar su plan de vaciamiento y saqueo de nuestros países. Un ejemplo de ello es la nueva ley de Tierras propuesta por el gobierno de Milei, que elimina límites para que empresas multinacionales se queden con tierras argentinas.

Por eso, esta ofensiva también les sirve para dividir. Si los trabajadores latinoamericanos son “los racistas”, la solidaridad entre pueblos oprimidos se rompe, y cada uno queda solo frente a la ofensiva imperialista en la región.

Algunos hechos, sin maquillaje

Sin embargo, en la amalgama de provocaciones y mentiras propagadas hay denuncias de hechos ciertos que son repudiables y es necesario señalarlos.

A un streamer negro, el estadounidense IShowSpeed, un hincha le gritó que fuera “a llorar al zoológico”. Días después, otros le hicieron gestos simiescos. Contra la hinchada egipcia volaron latas de cerveza e insultos. Todo esto sobre el antecedente del cántico contra los jugadores franceses.

Es cierto que Speed provocó sistemáticamente durante todo el torneo. Pero eso explica el clima; no justifica la forma que tomó la respuesta.

Y acá aparece la primera excusa que hay que desarmar, porque circula mucho entre nosotros: “son sólo expresiones, cargadas de cancha, después convivimos todos lo más bien”. Es falso y es peligroso. Falso, porque el prejuicio que se dice en la tribuna es el mismo que después decide quién entra a un trabajo y quién no. Y peligroso, porque esas “meras expresiones” son exactamente la munición que hoy nos están disparando. Cada gesto filmado se convirtió en la prueba de un juicio contra todo el país. Minimizar el racismo no nos defiende: nos deja desarmados.

¿Quién habló y desde dónde?

bien, miremos quiénes fueron los voceros más groseros del racismo en este Mundial. El asesor presidencial Santiago Caputo posteó “qué piedra se volvió ser negro” cuando Brasil quedó eliminado. La vicegobernadora de Mendoza, Hebe Casado, llamó a Francia “el equipo africano flojo de modales”, por la ascendencia africana de sus jugadores.

Fue el personal político del gobierno que arancela la salud y la educación para extranjeros, que criminaliza la protesta y que abarata la mano de obra migrante, quienes conscientemente propagaron el racismo más explícito de este Mundial.

Porque el racismo no es un defecto moral de los pueblos: es una herramienta del capital. Karl Marx, hace más de 150 años, decía a propósito de la opresión irlandesa por parte de Inglaterra, que el obrero inglés que despreciaba al irlandés se volvía instrumento de su propio patrón. Acá pasa lo mismo con los trabajadores bolivianos, paraguayos y peruanos: talleres textiles clandestinos, ladrilleras, quintas, obras. El prejuicio, lejos de ser un accidente cultural, es lo que hace rentable pagarle a alguien la mitad.

Nuestra historia completa

En los debates de estos días aparece un argumento cierto: la Argentina fue durante el siglo XX un país de puertas abiertas, que se construyó mezclando nacionalidades, lenguas y costumbres, con una inmigración enorme —sobre todo europea, pero también latinoamericana— que dio forma a nuestra cultura. Eso es verdad y es un rasgo profundamente positivo.

Pero es la mitad de la historia. La otra mitad es la desaparición de la población negra de la historia nacional —incluida su participación decisiva en las guerras de la independencia— y el exterminio de los pueblos originarios en las campañas del desierto, que hicieron lugar para esa misma inmigración. Asimismo, es innegable la represión, detenciones, asesinatos y todo tipo de discriminación por “portación de cara”. Primero desde las instituciones estatales, pero presentes en el conjunto de la sociedad. El mestizo, producto directo de esa mezcla de nacionalidades con la que se construyó nuestro país, no es quien ocupa los lugares de poder, sino quien lo padece.

Reconocer las dos mitades es lo único que nos permite responder con autoridad.

Por qué las escalas no se equiparan

Ahora bien, que el racismo exista en Argentina, así como existe donde exista el capitalismo, no significa que sea igual en todas partes. Y conviene explicar por qué, no sólo comparar.

Argentina es un país semicolonial; es decir, subordinado al capital financiero, exportador de materias primas, subordinado al mecanismo de saqueo de la deuda externa. Es un eslabón que, oprimido por el imperialismo, replica en parte esa opresión hacia adentro de Sudamérica.

Esa posición explica la forma que toma el racismo acá, que está más atravesado por la clase social que por una política estructurada de pureza racial. Los “negros” son también los trabajadores y pobres, no solo las personas de piel negra. En ese sentido, Argentina no necesita muros ni deportaciones masivas, porque su función en la división mundial del trabajo no requiere expulsar trabajadores sino abaratarlos. Los países imperialistas, en cambio, montan aparatos estatales enteros de exclusión porque administran migraciones masivas que ellos mismos generan con el saqueo.

Lenin mostró que la opresión nacional no es un residuo del pasado sino una característica del capitalismo en su fase imperialista. Los que hoy nos dan clases de antirracismo son los Estados que organizaron la trata negra, el genocidio colonial, la ocupación de Malvinas en 1833, y que hoy sostienen la OTAN, arman guerras y deportan trabajadores. No es doble vara: es la vara del que manda.

Los pueblos oprimidos entendieron

Mientras las celebridades acusaban, en Escocia flameaban banderas argentinas y en Irlanda se calculaba que el 90% del país apoyaba a la Albiceleste. The Wolfe Tones (una banda musical irlandesa) tiene una canción censurada en el Reino Unido desde 1983 hasta hoy, justamente por cantar que las Malvinas son argentinas. También hubo simpatías en Bangladesh y en otros países que conocieron el dominio británico. Los pueblos oprimidos por el mismo imperio no se confundieron.

Las dos trampas 

Por un lado, existe el peligro de ceder a la confusión y a la política que pretende erigir a los Estados imperialistas en tribunales morales del mundo.

Por el contrario, frente al ataque, buena parte de la sociedad —incluidos muchos que se dicen progresistas— reacciona con un nacionalismo defensivo: “acá no hay racismo, somos un país abierto y mestizo”.

Esa respuesta es funcional al gobierno de Milei, cuyo plan para arancelar la salud y la educación para extranjeros constituye un repugnante acto de xenofobia; de la misma manera, las expresiones de Caputo y Casado no son un exabrupto sino la expresión de un programa. La campaña externa produce el reflejo defensivo, y el reflejo defensivo blinda al gobierno que oprime. Los dos polos son funcionales entre sí. La distinción es decisiva: el nacionalismo del oprimido contra el opresor es progresivo. El nacionalismo que niega la propia opresión — que ejercemos tanto internamente como sobre naciones más débiles— es reaccionario, aunque lo levante quien se dice de izquierda. Defender Malvinas contra el colonialismo británico es una tarea justa. Usar esa defensa para tapar lo que pasa en un taller textil de Flores es hacerle el trabajo al gobierno.

A quién le hablamos

Nuestro problema no es el pueblo inglés, ni el español, ni el estadounidense. Son las monarquías y gobiernos que ocupan nuestro territorio, los gobiernos que deportan, la FIFA que prohíbe. Al trabajador inglés le tendemos la mano y lo llamamos a enfrentar a su propio gobierno y sus leyes anti inmigratorias, como los trabajadores bolivianos enfrentan al suyo y nosotros enfrentamos al nuestro.

La unidad latinoamericana de los trabajadores no se construye negando nuestras miserias, sino peleando contra ellas al mismo tiempo que peleamos contra el imperialismo.

Por eso, la verdadera respuesta a esta campaña no es defender la “argentinidad”, sino algo mucho más grande. El camino no es cerrarnos como nación, sino reconocernos como clase, superando las divisiones racistas y de naciones: reconocer que el trabajador boliviano, el peruano, el paraguayo y el argentino comparten el mismo enemigo, y que los planes de Milei responden a los mismos intereses que los de los gobiernos que oprimen al resto de América Latina.

Esa es la única frontera que importa: no la que separa argentinos de bolivianos o de ingleses, sino la que separa a los de arriba de los de abajo, a los trabajadores de los grandes patrones multinacionales.

24.07.2026

 

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