44 años de desmalvinización… Y una bandera que no logran bajar.

Por GOI – Grupo Obrero Internacionalista- en el CIR

17/07/2026

El miércoles, tras vencer a Inglaterra 2 a 1 en la semifinal del Mundial 2026, los jugadores de la selección argentina desplegaron en el campo de juego una bandera con la leyenda “Las Malvinas son argentinas”. El gesto llegó después de que la FIFA prohibiera el ingreso al estadio de cualquier bandera, remera o cartel que reivindicara la soberanía sobre las islas, calificando esa consigna histórica como “mensaje político”. El gobierno argentino, lejos de cuestionar la medida, la avaló y hasta sobreactuó su cumplimiento, mientras hoy el gobierno británico exige una investigación con el argumento de que “la política debe estar separada del fútbol”. Fueron los futbolistas y los hinchas quienes, pasando por encima de esa prohibición avalada por su propio gobierno, mostraron al mundo la bandera que la FIFA había proscripto. Ese episodio, ocurrido cuarenta y cuatro años después de la guerra, condensa en un solo hecho lo que este artículo se propone explicar: la desmalvinización. Se trata de una operación política, sostenida durante cuatro décadas por todos los gobiernos, de vaciar la reivindicación de soberanía de todo contenido antiimperialista, reduciéndola a una efeméride, un protocolo diplomático o, directamente, algo que hay que prohibir por “político” cuando vuelve a mostrarse como lo que realmente es: una reivindicación de soberanía, antimperialista, sin resolver. Mientras tanto, desde los cantos en cada festejo, desde las tribunas y trasladándolo a la cancha, el pueblo argentino sigue demostrando que ese sentimiento nunca logró ser extirpado.

Hace cuarenta y cuatro años, una dictadura cívico-militar genocida en crisis intentó utilizar esa misma causa histórica para salvar un régimen que se derrumbaba. Después de seis años de terrorismo de Estado, con 30.000 desaparecidos, miles de presos políticos, una economía devastada por el plan de Martínez de Hoz y una creciente movilización obrera y popular, la Junta Militar apeló a la recuperación de las Islas Malvinas para ocultar sus crímenes, recuperar legitimidad y frenar una derrota política que ya se anunciaba en las calles. Apenas cuatro días antes del desembarco del 2 de abril, la movilización obrera del 30 de marzo de 1982 había puesto de manifiesto que el miedo empezaba a quebrarse y que el Proceso de Reorganización Nacional entraba en su etapa final.

Pero más allá de ese intento de manipulación, la causa Malvinas era y sigue siendo profundamente justa. La ocupación británica iniciada en 1833 constituye una usurpación colonial que no se puede relativizar. Por eso, más allá de las razones espurias que llevaron a la Junta a lanzar la recuperación de las islas, se trató objetivamente de una medida antiimperialista, y así lo entendió el pueblo argentino, que la apoyó activamente y se movilizó masivamente en torno a ella. Pero una dictadura subordinada al imperialismo en todos los demás terrenos no podía dirigir consecuentemente esa lucha. Como sostuvo Nahuel Moreno durante la guerra, la tarea de los socialistas era apoyar la derrota del imperialismo británico sin otorgar ningún apoyo político a la Junta Militar. La verdadera garantía de la soberanía no podía depender de un régimen genocida, sino de poner en pie todo lo que la dictadura se negaba a desplegar: la movilización de los trabajadores y el pueblo, el ofrecimiento de voluntarios hasta en las tareas más ínfimas, el llamado a la solidaridad y la movilización de los pueblos latinoamericanos, y sobre todo, golpear los intereses económicos y materiales del imperialismo inglés en el continente, no pagando la deuda externa y expropiando sus capitales y empresas. Eso que la dictadura retaceaba, precisamente porque no podía ni quería tocar al imperialismo, era lo que había que imponer apoyándose y desarrollando la movilización antiimperialista de las masas.

La derrota militar precipitó la caída de la dictadura, pero no significó el fin de la política que había comenzado con la utilización oportunista de Malvinas. Por el contrario, abrió una nueva etapa. Si la Junta intentó esconder el terrorismo de Estado detrás de una causa nacional, los gobiernos democráticos conservaron la reivindicación de la soberanía mientras vaciaban esa causa de todo contenido antiimperialista. Así comenzó la verdadera desmalvinización: separar deliberadamente la reivindicación de Malvinas de la lucha contra el imperialismo, el FMI y la dependencia económica. Las islas pasaron a ser una efeméride escolar, un discurso presidencial cada 2 de abril o un reclamo diplomático permanente ante las Naciones Unidas, mientras Gran Bretaña consolidaba su ocupación, fortalecía su presencia militar en el Atlántico Sur, ampliaba las licencias de pesca y la explotación de hidrocarburos y reforzaba una posición estratégica clave para proyectar poder sobre la Antártida y las rutas marítimas del hemisferio sur.

Todos los gobiernos administraron esa política con distintos discursos. Alfonsín apostó a la negociación diplomática. Menem firmó los Acuerdos de Madrid, normalizando las relaciones con el Reino Unido después de la guerra. Los gobiernos kirchneristas utilizaron un discurso de defensa de la soberanía, pero mantuvieron la dependencia financiera y el pago de la deuda externa. Macri profundizó la cooperación mediante el acuerdo Foradori-Duncan. Milei lleva esa subordinación a un nuevo nivel: no solo con su alineamiento incondicional con Estados Unidos y las potencias occidentales, sino, como quedó a la vista ayer mismo, avalando y sobreactuando el cumplimiento de una prohibición de la FIFA sobre la propia consigna de la soberanía, calculando un rédito político que terminó dejándolo del mismo lado que el gobierno británico. Cambiaron las formas, pero ninguna variante de la burguesía estuvo y está dispuesta a romper con los intereses económicos y políticos del imperialismo.

La burocracia sindical también fue parte de este proceso. Las conducciones de la CGT y las CTA jamás impulsaron una campaña nacional que uniera la recuperación de Malvinas con la pelea contra el ajuste, el FMI y la entrega de los recursos naturales. Cada aniversario multiplica homenajes y declaraciones, pero separan la causa de la soberanía de las luchas concretas de la clase trabajadora.

Sin embargo, la desmalvinización nunca logró imponerse por completo. Persiste en amplios sectores del pueblo argentino un profundo sentimiento antiimperialista que reaparece cada vez que la cuestión Malvinas vuelve al centro de la escena. Lo ocurrido en Atlanta es la prueba más reciente; en pleno festejo por la clasificación a la final, fueron los jugadores quienes tomaron esa bandera de manos de los propios hinchas y la desplegaron ante millones de personas. Una vez más quedó demostrado que la causa Malvinas no puede reducirse a una cuestión protocolar, prohibirse por decreto ni esconderse detrás de la idea de que “la política debe estar separada del fútbol”.

Lo mismo ocurre con un canto que atraviesa generaciones: “el que no salta es un inglés”. Más allá de sus formas futboleras, expresa de manera espontánea un sentimiento antiimperialista que continúa vivo. No se trata de una enemistad con el pueblo trabajador británico, que también sufre las consecuencias de su propia burguesía, sino del rechazo popular a una potencia colonial que mantiene desde hace casi dos siglos la ocupación de una parte del territorio argentino. La tarea de los revolucionarios no es despreciar ese sentimiento, sino darle una perspectiva consciente, uniendo la lucha por Malvinas con la pelea contra todas las formas de dependencia y opresión.

Después de cuarenta y cuatro años, la experiencia demuestra que la burguesía argentina es incapaz de llevar hasta el final una causa nacional. En el mejor de los casos a veces invoca la soberanía mientras aumenta la dependencia: paga la deuda externa, acepta las condiciones del FMI, entrega los recursos estratégicos y mantiene una inserción subordinada en el orden imperialista. Y cuando esa misma soberanía deja de ser un discurso vacío y amenaza con volverse un problema diplomático real, como ocurrió ayer, no duda en avalar su prohibición. Esa es la esencia de la desmalvinización: transformar una bandera de liberación nacional en una consigna vacía —o directamente en un problema a evitar—, despojada de todo contenido verdaderamente antimperialista y de clase.

Recuperar Malvinas exige mucho más que discursos patrióticos o banderas en un festejo deportivo. Hoy empieza por rechazar un gobierno ajustador y proimperialista como el de Milei que día tras día demuestra ser un títere imperialista. Gobierno que da sobradas muestras de entrega a los poderes extranjeros con la Ley de Glaciares, el intento de votar la Ley para venta de tierras sin límites a extranjeros, el “RIGI” que avala el saqueo de nuestros recursos mineros y petroleros sin que las multinacionales paguen un peso, sus declaraciones respecto de que las Malvinas fueron “perdidas” y su repugnante admiración de la criminal de guerra y gobernante anti-obrera Margareth Thatcher. La lucha por las Malvinas exige sin dudas romper con el imperialismo, desconocer los condicionamientos del FMI, recuperar el control de los recursos naturales y confiar en la movilización independiente de la clase trabajadora. Porque la soberanía no se conquistará mediante negociaciones eternas entre cancillerías ni apelando a las mismas clases sociales que administraron la dependencia durante décadas y que ayer mismo avalaron su prohibición. El fin de la desmalvinización llegará cuando la causa de las islas vuelva a unirse con la lucha por una segunda y definitiva independencia, indisolublemente ligada a la lucha por una verdadera revolución social, que quite el poder a la clase burguesa que nos entrega al imperialismo y sus planes, y lo ponga en manos de los y las trabajadores y trabajadoras y el pueblo pobre.

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