Crónicas de la Revolución Ucraniana – 2

M. Tarakanov

¿Por qué en los misiles rusos se encuentran componentes producidos en países de la UE y Estados Unidos? Porque la política del imperialismo occidental nunca ha consistido en infligir una derrota decisiva a Rusia.

Tras el colapso de la URSS y la restauración del capitalismo, especialmente durante los años del gobierno de Putin, los países imperialistas colaboraron estrechamente con Rusia, obteniendo acceso a enormes recursos, sobre todo petróleo y gas. Al mismo tiempo, Rusia mantenía influencia política y militar sobre el espacio postsoviético, apoyando dictaduras locales y élites prorrusas. El imperialismo utilizó gustosamente al putinismo para penetrar en estos países y subordinarlos económicamente.

En eso consistía precisamente la esencia de las relaciones entre el imperialismo y el régimen de Putin: fueron relaciones de parceria durante un cuarto de siglo. Putin abrió Rusia a la colonización del capital mundial y al mismo tiempo ayudó al imperialismo a mantener bajo control a los países vecinos.

Sobre esta colaboración crecieron también los apetitos imperiales de Putin, que comenzó a imaginarse capaz de restaurar el imperio ruso y volver a someter a los pueblos de Eurasia. Entre todos esos territorios, Ucrania ocupa un lugar central. Sin el control sobre Ucrania, la creación del “imperio putinista” es imposible. Sin Ucrania, Rusia se convierte en una simple semicolonia, perdiendo su posición especial dentro de las relaciones con el imperialismo mundial.

En 2014, la revolución ucraniana derrocó al presidente prorruso Yanukóvich. El pueblo de Ucrania dijo: “Basta de ser un apéndice de Rusia, queremos nuestro própio lugar dentro del continente europeo!”.

La respuesta de Putin fue brutal: la ocupación de Crimea y el envío de tropas proxy al Donbás. Pero igual de contundente fue la respuesta del pueblo ucraniano. Miles de voluntarios, inspirados por la revolución, se convirtieron en la base del nuevo ejército ucraniano, que frenó a los ocupantes rusos en el Donbás. En lugar de restaurar el imperio, Putin obtuvo apenas alrededor del 10% del territorio ucraniano, del cual una parte importante de la población huyó de la dictadura del Kremlin.

Pero junto con el fracaso de los planes de Putin comenzó también a derrumbarse el viejo orden mundial. La revolución ucraniana encontró eco entre los pueblos de Europa, especialmente en Europa del Este. Y la agresión de Putin provocó preocupación entre los imperialismos europeo y estadounidense.

Temen al mismo tiempo tanto la victoria de Putin y el fortalecimiento de su poder militar, como su derrota, porque el colapso del régimen putinista podría conducir a un avance incontrolable de una revolución democrática en una potencia nuclear.

Por eso el imperialismo aplica la política de “ni victoria ni derrota”. Por eso las armas se entregan a Ucrania de manera dosificada. Por eso el régimen de Putin sigue recibiendo ingresos petroleros y gasíferos. Por eso los vínculos económicos con Rusia nunca han sido completamente rotos. Por eso la guerra se transforma en una guerra de desgaste. Y por eso Rusia continúa fabricando misiles asesinos gracias a componentes europeos y estadounidenses.

La responsabilidad de esto recae sobre el imperialismo, que durante 25 años alimentó al régimen putinista y ahora no quiere enterrar definitivamente a su sangriento socio.

No hay que olvidar que el régimen de Putin, enriquecido gracias a sus relaciones privilegiadas con Occidente, corrompió profundamente el aparato de la UE y sus gobiernos nacionales. El símbolo de esto siguen siendo figuras como Gerhard Schröder, antiguo dirigente de la socialdemocracia alemana convertido en lobista de los intereses rusos.

Por eso no sorprende que tanto una parte de la izquierda como una parte de la derecha occidentales apoyen o justifiquen la agresión putinista.

¿Qué significa esto para los revolucionarios y la clase trabajadora?

Demuestra la total impotencia y la indecisión histórica del imperialismo mundial. Trump es incapaz de poner fin a la guerra, que obstaculiza sus propios planes de subordinación económica tanto de Rusia como de Ucrania. Las élites europeas llevan más de diez años sin saber qué hacer con el régimen putinista. Los oligarcas rusos pierden ingresos y sueñan con el fin de la guerra, pero no se atreven a derrocar al dictador. Y el propio Putin no puede detener la guerra ni siquiera al precio de una derrota, porque el final de esta guerra significaría también el final de su régimen.

Las élites burguesas han llevado a los pueblos de Eurasia a un callejón sin salida sangriento y son incapaces de encontrar una salida.

Y solo la lógica de la revolución ucraniana puede mostrar otro camino: el camino de la lucha persistente, armada y masiva de un pueblo por su propia existencia.

Y en el centro de esa resistencia se encuentra el destacamento más avanzado: la clase trabajadora ucraniana. A pesar del gobierno corrupto y proimperialista de Zelenski, a pesar de la ausencia de una dirección marxista revolucionaria, millones de obreros, trabajadores y activistas, superando diariamente enormes dificultades, destruyen persistentemente a uno de los aparatos más contrarrevolucionarios de nuestro tiempo: el putinismo.

Por eso, para todos aquellos que aspiran a construir un partido revolucionario, es importante unirse a esta resistencia y a esta revolución. Solo alrededor de esta revolución —la más profunda y poderosa de nuestro tiempo— será posible reconstruir la Cuarta Internacional y resolver la principal tarea histórica de la humanidad

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