Quienes impulsamos este manifiesto somos INSURGENCIA, una nueva organización política que pretende construir en Paraguay un partido obrero, revolucionario, internacionalista y comunista, frente a la crisis del capitalismo y ante la bancarrota de las izquierdas integradas a proyectos burgueses de conciliación de clases.
Esta tarea es urgente. Por distintos caminos, la izquierda paraguaya abandonó la independencia política de la clase trabajadora y se acomodó en el orden capitalista dependiente.
En INSURGENCIA no nos proclamamos un partido revolucionario acabado. Nuestro grupo se pone al servicio de esa construcción a partir de un programa socialista que debe ser debatido y construido de manera democrática.
Por eso, convocamos a militantes y activistas a discutir, sin compromisos previos, el programa, política, métodos y tipo de partido que la clase trabajadora necesita para enfrentar a los gobiernos burgueses, romper con el capitalismo y luchar hasta conquistar el poder obrero y socialista.
Llamamos a un proceso de acercamiento, debate y elaboración colectiva, ligado a la intervención en la lucha de clases: en las movilizaciones populares, los sindicatos, la juventud, el movimiento campesino y todos los sectores oprimidos.
La clase trabajadora paraguaya necesita una organización propia, independiente de todas las fracciones de la burguesía, capaz de unificar las luchas alrededor de un programa de combate al capitalismo nacional y al imperialismo, abriendo camino para una transformación socialista. Este manifiesto es un primer paso en ese sentido.
Un mundo cada vez más polarizado
El capitalismo, en su agonía, arrastra al mundo a la barbarie. Miles de millones padecen guerras, genocidios, hambre, enfermedades, explotación, desempleo, informalidad y el colapso de los servicios públicos. La violencia, los bajos salarios y la opresión aplastan a la clase trabajadora mientras una minoría concentra casi toda la riqueza.
La disyuntiva planteada por Rosa Luxemburgo —socialismo o barbarie— nunca fue tan actual. En el siglo XXI, el capitalismo ya no oculta su rostro: convive abiertamente con la barbarie. El genocidio en Gaza, transmitido en tiempo real al mundo, es una prueba brutal de ello. El 1% más rico concentra cerca del 45% de la riqueza global y emite la misma cantidad de carbono que generan los dos tercios más pobres de la humanidad.

La crisis de 2008 y la gestión criminal de la pandemia profundizaron estas tendencias. Sin embargo, la clase trabajadora y los pueblos oprimidos no están derrotados. Millones resisten y se movilizan contra los ataques del capital y de sus gobiernos, sean de derecha, extrema derecha o falsamente “progresistas”. La lucha del pueblo palestino contra el genocidio y la resistencia del pueblo ucraniano frente a la invasión rusa expresan momentos centrales de la lucha de clases mundial.
La realidad desmiente el pesimismo y escepticismo de la izquierda. Huelgas y rebeliones sacuden países de todos los continentes. La juventud precarizada, las mujeres, los pueblos oprimidos y los pueblos indígenas entran en escena, derrocan gobiernos y desestabilizan regímenes. El internacionalismo obrero no ha muerto: se expresa en la solidaridad activa con Palestina y en luchas que cruzan fronteras. Grandes movilizaciones recorren Estados Unidos, Irán, el sudeste asiático y Europa Oriental. En América Latina, las masas toman las calles en Argentina, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Brasil…
Incluso los sectores más precarizados despiertan a la lucha. Los trabajadores ‘uberizados’ y de plataformas digitales han protagonizado huelgas históricas, rompiendo la fragmentación individualista que imponen los algoritmos y desafiando el poder de las grandes corporaciones tecnológicas.
En este contexto, la juventud empobrecida ha protagonizado las luchas. Representan el rostro más visible de la precariedad laboral y la incertidumbre, siendo además las principales víctimas de problemas de salud mental derivados del malestar social; sin embargo, mantienen el rol más dinámico en las rebeliones globales.
Si estas luchas no avanzan hacia revoluciones socialistas no es por falta de combatividad de las masas, sino por el papel de direcciones reformistas, nacionalistas, neoestalinistas y burocracias sindicales que las encauzan dentro de los límites del capitalismo. El imperialismo no se sostiene solo con represión, también apela al engaño de un capitalismo “democrático” o “humano”, idealizado y defendido por líderes que hablan en nombre del pueblo mientras preservan el orden existente.
Lo mismo ocurre con las luchas de mujeres y de sectores oprimidos, como el movimiento LGBT+ y los pueblos indígenas, cuyo potencial transformador es desactivado por dirigencias burguesas que lo reducen a la promesa de reformar la democracia capitalista. Quieren vendernos un reformismo sin reformas, que desde hace más de un siglo promete humanizar la explotación, mientras esta se profundiza. Para nosotros, la verdadera utopía no es el socialismo mundial, sino creer que un sistema basado en la explotación y el lucro puede dejar de producir barbarie.
Paraguay: crecimiento capitalista, miseria estructural
Muchos medios, incluso en el exterior, destacan el crecimiento económico y la “estabilidad macroeconómica” de nuestro país, pero estos indicadores no pueden ocultar las profundas desigualdades de una estructura social degradada.
La pobreza sigue siendo estructural. En 2024, el 20,1% de la población —casi 1,2 millones de personas— vive en situación de pobreza y más de 240.000 en pobreza extrema, con mayor incidencia en el campo. El sistema previsional tiene baja cobertura: solo el 21% de la población accede al IPS. Apenas el 55% de los mayores de 65 años percibe algún tipo de jubilación, que parte del 33% del salario mínimo. Envejecer en Paraguay es terrible.
La salud pública se cae a pedazos: el 71% de la población carece de seguro médico formal. La cara más cruel de ese drama lo vimos en la pandemia de Covid-19. El déficit habitacional supera el millón de viviendas, en un contexto de creciente especulación inmobiliaria en los centros urbanos. El 62,5% de la población ocupada trabaja en la informalidad, sin derechos laborales, jubilación ni estabilidad. Entre los jóvenes de 15 a 19 años, la informalidad supera el 90%. Se estima que el 57% gana hasta un salario mínimo, en un contexto de brechas de género y desigualdades entre áreas urbanas y rurales. Las mujeres ganan 21% menos que los hombres. En el campo, la pobreza es de 34% y el analfabetismo alcanza 7%, en contraste con el 20% y el 2% de las ciudades, respectivamente. En otras palabras, el crecimiento se sostiene sobre trabajo barato y precarizado.
La mano de obra paraguaya está entre las más baratas de la región, debido a la baja escolarización, la informalidad estructural y la escasa sindicalización, lo que deriva en la degradación de derechos laborales. El promedio de años de estudio no alcanza los diez años y la deserción escolar alimenta el mercado de trabajo precario.
Este atraso no es accidental: es funcional a un modelo que requiere fuerza de trabajo barata y reemplazable para maximizar la ganancia del capital nacional y extranjero.

La crisis social también se expresa en el aumento de la delincuencia. En zonas fronterizas como Amambay se registran más de 60 homicidios por cada 100.000 habitantes, superando ampliamente la tasa de Brasil (22 por cada 100.000).
La burguesía nacional nunca desarrolló un proyecto de industrialización ni de desarrollo tecnológico propio. Su estrategia histórica ha sido exportar materias primas e importar manufacturas, tecnología y conocimiento. Invierte poco en ciencia y en la formación de la fuerza de trabajo. Como reflejo, la UNA no figura entre las primeras 1.000 universidades del mundo ni entre las 100 primeras de la región. La economía se sostiene en el agronegocio, las rentas, los privilegios fiscales, las empresas extractivas y los negocios ligados al lavado de dinero y al narcotráfico. Se estima que esa acumulación “ilegal” represente entre 8 y 13% del PIB. Las élites económicas se han conformado con ser socias menores del imperialismo y administradoras locales del saqueo.
La estructura agraria refleja esta lógica. Según Oxfam, Paraguay es uno de los países con mayor desigualdad en la distribución de la tierra: alrededor del 2,6% de los propietarios concentra cerca del 85% de las tierras productivas. El avance del agronegocio, en gran parte en manos extranjeras, expulsa a campesinos, destruye comunidades indígenas, concentra riqueza y vuelve la economía dependiente de las oscilaciones del mercado internacional. No puede haber soberanía alimentaria ni desarrollo nacional sobre la base del latifundio, el monocultivo y la extranjerización.
Así, el alardeado “crecimiento macroeconómico” beneficia a inversores extranjeros, al capital financiero y a sectores rentistas, pero no se refleja en el bolsillo de la clase trabajadora. No mejora salarios, jubilaciones ni servicios públicos; por el contrario, estos tienden a deteriorarse. Paraguay se promociona como paraíso fiscal – con una presión tributaria de poco menos de 12% del PIB – y país con escasas regulaciones laborales y ambientales, abierto a la explotación laboral. No es un modelo fallido, sino exitoso para la burguesía local y el imperialismo.
Los servicios públicos están en ruinas. Aunque el acceso al agua potable supera el 80%, solo el 16% de los hogares cuenta con alcantarillado sanitario y menos del 11% de las aguas residuales recibe tratamiento.
La sindicalización es baja, limitada por la informalidad, la persecución patronal y un Estado que prioriza la “libertad de empresa” sobre los derechos laborales.

Este cuadro no es una anomalía, sino el resultado de la condición de Paraguay como país capitalista dependiente, periférico y tardío: una semicolonia del imperialismo estadounidense, sometida además a los intereses de las burguesías de Brasil y Argentina. El agronegocio, las maquilas brasileñas y los escandalosos tratados de Itaipú y Yacyretá muestran cómo la riqueza producida se transfiere sistemáticamente al capital extranjero y a una minoría local asociada. Ningún sector de la burguesía, ni siquiera el que se presenta como “progresista”, está dispuesto a enfrentar este orden.
Por eso, este escenario no se revertirá con elecciones ni con reformas superficiales. La conquista de libertades democráticas, el problema de la tierra y la liberación nacional no pueden resolverse bajo el capitalismo ni bajo la dirección de la burguesía. Solo una revolución socialista, con la clase obrera como vanguardia de las clases explotadas, puede romper la dependencia, enfrentar al imperialismo y poner la riqueza social al servicio de las mayorías. En suma, la emancipación nacional y social no vendrá de arriba ni de las urnas: será obra consciente de la clase trabajadora organizada.
Socialismo o barbarie
Frente a la destrucción de la humanidad y del planeta que promueve el capitalismo, sostenemos que la única salida para evitar la barbarie es la revolución socialista mundial, primer paso hacia la sociedad comunista, sin clases ni Estado.
La revolución socialista es una necesidad inmediata para la supervivencia de la humanidad. Las condiciones objetivas para la revolución proletaria, como escribió Trotski, no sólo están maduras en todos los países, sino que comienzan a descomponerse. Lo que falta es el elemento subjetivo: una organización revolucionaria consecuente, formada por los mejores elementos de nuestra clase y forjada en las principales batallas contra la burguesía y sus gobiernos.
Concretamente, falta un partido revolucionario en Paraguay que, siendo parte de una Internacional y participando en las luchas obreras y de los sectores oprimidos, se presente como alternativa programática y política, conduciendo esos procesos hacia una estrategia de toma del poder: derrocar gobiernos y destruir el Estado burgués, expropiar a la burguesía y, en un movimiento ininterrumpido, avanzar hacia la construcción del socialismo a escala nacional e internacional, instaurando el poder político del proletariado, que gobernará a través de sus propios organismos de clase y ejercerá la democracia obrera.
La traición de la izquierda paraguaya y la necesidad de un nuevo partido revolucionario
La mayor parte de la izquierda paraguaya carece de un programa auténticamente marxista. La influencia del PCP, exponente clásico del estalinismo, difundió la idea de que en Paraguay no existían condiciones “maduras” para una revolución socialista. Sostenía que primero debía desarrollarse el capitalismo industrial bajo la dirección de una burguesía “industrialista y desarrollista”.
Este razonamiento llevó a la mayoría de la izquierda, durante décadas, a buscar líderes o movimientos burgueses supuestamente “progresistas” y “patrióticos”. Esta capitulación buscaba impulsar un capitalismo “nacional” para que, en un futuro indeterminado y bajo un capitalismo hipotéticamente “desarrollado”, se abriera una etapa de lucha directa por el poder y el socialismo. Siguiendo las tesis estalinistas de la revolución por etapas, no consideran que la totalidad de la burguesía es intrínsecamente contrarrevolucionaria. Al contrario, la dividen en burgueses “productivos” e “improductivos”, “patrióticos y vendepatrias”, “industrialistas y parasitarios”, con el único objetivo de justificar alianzas con los primeros. Así, alentaron ilusiones reaccionarias en figuras como el coronel Franco, Félix Estigarribia, Domingo Laíno, Caballero Vargas o Fernando Lugo.
Con la misma lógica encaran la campaña por la soberanía energética. No se plantean recuperar la energía con perspectiva revolucionaria y socialista, sobre la base de la lucha por un Gobierno Obrero y Popular. Lo que proponen es renegociar técnicamente los tratados de las hidroeléctricas para baratear la energía a los empresarios e industrias nacionales. Pretenden, con ello, generar empleos y aumentar el consumo local para propiciar un utópico “crecimiento soberano”. Dicho de otra forma, cuando los Canese y los dirigentes de SITRANDE hablan de una “gran unidad de todos los sectores patrióticos” para que las hidroeléctricas “financien el desarrollo”, están proponiendo, en realidad, subvencionar y “disminuir costos” a la burguesía “productiva”; es decir, puro y simple desarrollismo burgués disfrazado de soberanía.
Nosotros sostenemos que la energía paraguaya debe ser la base material de una economía socialista, democráticamente planificada por la clase trabajadora autoorganizada, y no un subsidio para la industria o para que “empresarios buenos” sigan explotándonos.
Hay que aceptar que no existen sectores progresistas de la burguesía y que la economía mundial, dominada por un imperialismo decadente, plantea condiciones objetivas para el socialismo a escala global. Lo que falta es el elemento subjetivo: una dirección revolucionaria coherente con esa tarea histórica.
La idealización de la burguesía nacional condujo a incontables derrotas. La lógica de etapas rígidamente separadas termina generando ilusiones en sectores patronales.
Un rasgo común de la izquierda paraguaya es su carácter reformista, con fuerte orientación nacionalista, que acepta la gestión del capitalismo y renuncia a la independencia política de la clase trabajadora. Desde hace décadas predomina la lógica de la conciliación de clases, plasmada en el Frente Guasú y otras experiencias. Estas buscan alianzas permanentes con supuestas fracciones progresistas y patrióticas de la burguesía nacional. La historia muestra que esa estrategia es una utopía reaccionaria que acumula derrotas.
Un ejemplo de ello es cómo la izquierda concreta su estrategia para derrotar al Partido Colorado. Sin duda, es necesario derrotar ese partido nefasto, pero la consigna de “todos contra el Partido Colorado”, frecuente en medios “progresistas”, se traduce en una política de conciliación de clases que, en la práctica, implicaría cambiar un amo por otro. La derrota del Partido Colorado se plantea de forma limitada al terreno electoral y mediante “frentes amplios” con sectores burgueses, como ocurrió en 2008 con la fórmula Lugo-PLRA. En ese marco, se promovieron expectativas en figuras y partidos burgueses bajo la lógica del “mal menor” frente al coloradismo, abonando el terreno para una profunda desmoralización.
Esta orientación hunde sus raíces en el legado teórico y práctico del estalinismo y el maoísmo, reproducido en Paraguay por el PCP y el Partido Paraguay Pyahurã, y asumido, con matices, por gran parte de la izquierda. De allí proviene un nacionalismo romántico que idealiza el Paraguay del siglo XIX, reivindica próceres burgueses de la independencia y busca herederos imaginarios de un proyecto desarrollista. No es casual que estas corrientes hayan oscilado entre el castrochavismo, la defensa del régimen cubano y la justificación de potencias capitalistas como Rusia y China bajo un discurso aparentemente “antiimperialista” sin contenido de clase.
A partir de 2008, con el apoyo y la participación en el gobierno de Lugo junto al PLRA, la izquierda dio un salto en su adaptación a las instituciones burguesas. El PCP llegó a afirmar que ese gobierno era “el primer paso hacia el socialismo”. En ese contexto, sectores de izquierda ocuparon ministerios, bancas y cargos estatales al servicio de una estrategia gradualista y conciliadora, e incluso se vieron envueltos en casos de corrupción, como el PMAS. La promesa de “disputar espacios” terminó, una vez más, en la administración del orden existente. El gradualismo facilitó el retorno fortalecido del Partido Colorado en el 2013, que capitalizó el escepticismo generado por las promesas incumplidas del luguismo.
Tras esa experiencia de gobierno, la izquierda salió más desacreditada y frágil, pese a lo que proclamaban sus dirigentes. No debe sorprender: los proyectos de conciliación de clases conducen a la desmovilización, la desmoralización y nuevas derrotas.
Hoy, en cada coyuntura electoral, esta izquierda vuelve a alinearse con sectores burgueses para enfrentar al Partido Colorado, aceptando programas liberales con barniz “social”. Su horizonte no es la transformación revolucionaria, sino la obtención de concesiones asistenciales para contener el potencial de las masas trabajadoras.
En Paraguay, como en el resto del continente, estas organizaciones no son un mal menor, sino un obstáculo. Al oponerse a la independencia de clase y sostener alianzas interclasistas, contribuyen a la continuidad de un sistema que reproduce miseria y explotación. De allí la necesidad de construir una alternativa socialista, revolucionaria e internacionalista para las luchas de la clase trabajadora.
El PT dejó de ser una alternativa revolucionaria
El Partido de los Trabajadores (PT) de Paraguay adhirió a la deriva burocrática de la dirección de la LIT-CI, que abandonó principios fundamentales del trotskismo, en particular el centralismo democrático, la libertad de crítica y principios morales elementales.
El XVI Congreso de la LIT-CI, realizado en septiembre, consolidó un giro teórico y político de adaptación a las democracias liberales y dio paso a métodos burocráticos incompatibles con una organización revolucionaria.
Ese giro estuvo acompañado por una campaña de persecuciones, sanciones y expulsiones contra quienes cuestionamos ese rumbo. La dirección internacional, encabezada por el PSTU de Brasil, actuó como una fracción secreta que expulsó delegados opositores e impidió la representación de minorías, transformando el Congreso en la asamblea de una sola fracción. Este método provocó rupturas y expulsiones en varios países y llevó, en los hechos, a la desarticulación de la antigua LIT-CI.
En Paraguay, la mayoría del PT siguió esa orientación en noviembre. Aunque reconoció el carácter burocrático de las expulsiones, decidió alinearse con la fracción mayoritaria internacional y aplicar su política, lo que derivó en nuestra expulsión por sostener posiciones críticas y negarnos a la autocensura.
Durante el proceso defendimos la unidad del partido y propusimos un régimen excepcional que permitiera debatir sin sanciones y suspender durante un año la adhesión a cualquier internacional. La propuesta fue rechazada. La dirección del PT optó por el seguidismo de la fracción internacional, que previamente había orientado a los partidos nacionales a realizar sus propias purgas. Nuestra expulsión expresa, por tanto, no un problema disciplinario, sino una diferencia política de fondo sobre el rumbo del trotskismo y el carácter de la organización internacional.
Quienes fuimos expulsados seguimos militando por la construcción de una organización revolucionaria, socialista e internacionalista, basada en un verdadero centralismo democrático y en la tradición programática del trotskismo. Reivindicamos la historia de lucha del PT y de su militancia, pero sostenemos que la orientación actual debilita el proyecto revolucionario. Confiamos en que la experiencia y la lucha de clases permitan un balance crítico y futuras reaproximaciones sobre bases principistas. Esta es una dura derrota, pero no puede traducirse en desmoralización ni dispersión. Por eso, más que nunca, debemos comprometernos con la construcción de un nuevo partido revolucionario.
¿Cómo debe ser el partido revolucionario que defendemos?
En primer término, debe ser un partido internacionalista, es decir, pertenecer orgánicamente a una organización internacional revolucionaria democráticamente centralizada. Concretamente, esto significa adoptar la estrategia de reconstruir la IV Internacional fundada por Trotski, que fue la continuación de la III Internacional de Lenin y disuelta por Stalin.
Es por ello que hoy hacemos parte del Comité Internacional por la Reconstrucción de la LIT de Nahuel Moreno (CIR) lo que implica reconstruir la LIT-CI, hoy destruida por su propia dirección, sobre sus bases fundacionales, actualizadas con la acumulación teórica, programática y moral construida desde los años 90, lo que incluye:
El balance de los procesos del Este europeo y el papel histórico del estalinismo, que es haber impulsado la restauración del capitalismo en la ex URSS y todos los antiguos Estados Obreros, y de la mayoría del llamado trotskismo de posguerra;
La oposición revolucionaria a cualquier gobierno burgués y el rechazo a toda conciliación de clases.
El rechazo a partidos “amplios” con reformistas o centristas, los mal llamados “partidos anticapitalistas”;
La defensa intransigente de la moral revolucionaria, exigiendo aún mayor rigor ante violaciones cometidas por dirigentes.
Debe ser un partido auténticamente comunista, es decir, marxista, leninista, trotskista y morenista.
Marxista, porque nuestro objetivo es que el proletariado y sus aliados tomen el poder, destruyan el Estado burgués e instauren la dictadura revolucionaria del proletariado, esto es, el poder político de la clase trabajadora materializado en un Estado obrero que inicie la transición al socialismo.
El sujeto de la revolución socialista, reafirmamos, no es la “ciudadanía” ni el “99%”, sino el proletariado, especialmente el industrial, que debe conducir a todos los sectores explotados y oprimidos. El socialismo mundial será el primer paso hacia el comunismo, una sociedad sin clases ni Estado.
Leninista, porque entendemos que el capitalismo, en su fase imperialista, es un sistema en agonía, marcado por guerras, crisis y revoluciones; y porque debemos construir partidos de combate con un régimen de centralismo democrático.
Este régimen significa amplia libertad de discusión y total disciplina en la acción, rechazando el centralismo burocrático, el culto a los dirigentes, así como cualquier modelo federativo y de fracciones permanentes. Contra el partido monolítico del estalinismo, afirmamos que la centralización es para la acción, no para disciplinar el pensamiento de la militancia.
Trotskista, porque la historia confirmó el análisis de Trotski sobre la burocratización de la ex URSS y su pronóstico: sin una revolución política que expulsara a la burocracia estalinista del poder, el capitalismo sería restaurado, tarde o temprano, por esa misma casta.
La derrota de las revoluciones políticas en Berlín Oriental, Hungría, Checoslovaquia y Polonia permitió la permanencia de esa burocracia, que en los años 80 restauró el capitalismo en la ex URSS (como antes en Yugoslavia y China) y se transformó en nueva clase dominante. Lo mismo ocurrió en Cuba en los años 90.
La teoría de la revolución permanente y el concepto de revolución política demostraron su validez histórica y son herramientas para barrer burocracias en los sindicatos y en las organizaciones del movimiento estudiantil, campesino, de mujeres, indígenas y LGBT+.
Sin embargo, si el programa de Trotski pasó la prueba de los hechos, no ocurrió lo mismo con el movimiento trotskista sin Trotski. La mayoría actuó como un apéndice del estalinismo, adoptando su visión de mundo y sus métodos burocráticos.
En los últimos 35 años, gran parte del trotskismo abandonó la lucha por la revolución socialista y construyó partidos reformistas, autodenominados “anticapitalistas”, traicionando una vez más el legado de la IV Internacional, destruida por el revisionismo ya en la década de 1950.
Nosotros queremos construir lo opuesto a esas experiencias, apoyados en el arsenal teórico y programático de la LIT-CI fundada por Moreno, la corriente trotskista que mejor resistió la prueba de los hechos.
Nos declaramos trotskistas y morenistas porque defendemos el programa de la revolución socialista mundial y, en esa batalla, combatimos intransigentemente las concepciones y métodos del estalinismo en todas sus variantes.
Lucharemos por un partido obrero, enemigo irreconciliable de la burguesía, el imperialismo y sus gobiernos. Denunciaremos y lucharemos de forma permanente para derrotar a todos gobiernos capitalistas, incluso a aquellos que se autodenominan de “de izquierda” o “progresistas”. No apoyamos ni participamos en ningún gobierno burgués por principios.

¿Cómo construir ese partido?
Como planteamos al inicio, queremos que la construcción del nuevo partido sea un proceso democrático, con reuniones de debate, crítica y estudio, donde todas y todos participen sin distinciones ni compromisos previos.
Convocamos a quienes reconocen la necesidad de un partido verdaderamente comunista, internacionalista y arraigado en la clase obrera, basado en un verdadero centralismo democrático, a sumarse a esta tarea común que unifique teoría, programa y acción revolucionaria.
No pretendemos hacerlo solos. Impulsaremos un proceso vivo que sirva como punto de partida para reconstruir una corriente internacional que, al mismo tiempo, avance en la reconstrucción de la IV Internacional. Queremos discutir programa, régimen, estatutos, símbolos, desde la intervención concreta en la lucha de clases, para que el partido sea producto de un esfuerzo militante.
¡Vení con nosotros a construir esa nueva herramienta para la revolución socialista!
¡Es momento de la Insurgencia!

Militantes de INSURGENCIA
Marzo de 2026.
