Diego Russo
Han pasado casi 1.500 días de la guerra de Rusia contra Ucrania. Si tenemos en cuenta que desde la anexión de Crimea y la participación en el Dombass, ya son 12 años de agresión militar continua. La prensa occidental, repitiendo a Trump, vende la idea de que Rusia viene avanzando, que Ucrania es incapaz de detenerla, que es totalmente dependiente de Occidente, y debe «aceptar la realidad sobre el terreno» y firmar la entrega de la región de Donetsk a Putin, es decir, capitular. Apuesta por el pesimismo y la desmoralización. Son los mismos analistas que dijeron en 2022 que Putin tomaría Kiev en tres días.
Pero la verdad es mucho más compleja: el llamado avance ruso es extremadamente lento y costoso en vidas de soldados rusos y equipo militar. La situación económica de Rusia es muy difícil y Putin ha estado sufriendo serias derrotas en el ámbito internacional. En cuatro años, de 1941 a 1945, la URSS derrotó a Hitler, partiendo de condiciones mucho más desfavorables. En cuatro años, de 2022 a 2026, el «todopoderoso» Putin, jefe del segundo ejército más fuerte del mundo, no ha logrado ninguno de sus objetivos militares contra un país mucho más débil. ¿Qué explica esta situación?
Una guerra contrarrevolucionaria de Putin que se enfrenta con una guerra popular de liberación nacional en Ucrania
Hay un gran debate sobre el carácter de la guerra de Ucrania. Para Putin, es una guerra «contra el gobierno nazi» de Kiev o una «guerra contra la OTAN». La mayoría de la llamada izquierda mundial repite lo mismo, con más o menos descaro. Para los analistas occidentales, incluida la gran prensa, es una guerra «de la democracia occidental contra el ‘imperialismo ruso'».
Por nuestra parte, desde el principio hemos mantenido una posición distinta: es una guerra contrarrevolucionaria de Putin, con el objetivo de derrotar a la revolución ucraniana (el llamado Maidán) iniciada en 2013, convertida desde 2022 en una guerra de liberación nacional.
La guerra en Ucrania no es una guerra por el «espacio vital» de Rusia contra la OTAN, no es una guerra por territorios (incluso si se expresa en la incautación de estos), ni por mercados, fuentes de materias primas o industrias estratégicas. Las regiones ocupadas de Ucrania tienen poco valor económico para Rusia. Rusia no tiene capital para invertir en Ucrania, ni producción industrial que justifique el saqueo de materias primas de Ucrania, ni exportaciones que justifiquen la toma del mercado ucraniano por la fuerza.
Analizar cada guerra a partir de intereses puramente económicos es un error. «La guerra es la continuación de la política por otros medios». El trasfondo de la guerra de Ucrania no es económico sino político. Es un intento desesperado de Putin de evitar que la revolución ucraniana se desarrolle aún más y llegue a otros territorios (como lo hizo en Bielorrusia en 2020 y Kazaquistán en 2022). En particular, evitar que llegue a Moscú y le cueste su cabeza. Es la misma razón que llevó a Putin a intervenir en Siria, para que la «primavera árabe» no llegara a los 20 millones de musulmanes de Rusia, ni a los más de 70 millones de musulmanes de Asia Central (Kazaquistán, Uzbekistán, Kirguistán, Tayikistán y Turkmenistán), su área de influencia, donde también necesita orden y estabilidad social. Putin necesita la derrota de estos dos procesos, por eso fue a la guerra en ambos países, con un costo político y económico muy alto, incluso para la burguesía rusa.
El imperialismo estadounidense y europeo fue cómplice desde el principio con la agresión de Putin. Cuando este tomó militarmente Crimea y parte de Dombass (este de Ucrania) en 2014, Estados Unidos y la Unión Europea se limitaron a protestas protocolares de «defensa del derecho internacional», que ellos mismos nunca respetaron. Cuando Putin invade Ucrania en 2022 (un mes después de masacrar el levantamiento kazajo), Estados Unidos se limita a ofrecer un avión para la fuga de Zelensky. Tanto Estados Unidos como la Unión Europea (y Putin también), consideraron que Kiev caería en tres días. Pero, como se ha convertido en una broma en Ucrania, «ya son cuatro años de guerra para tomar Kiev en tres días».
¿Qué llevó a todos estos «líderes mundiales» a un error de evaluación tan profundo? El hecho es que nunca entendieron, como la mayor parte de la izquierda mundial no lo hace, que el Maidán era una inmensa revolución democrática, cuya fuerza todavía está viva en la actual guerra ucraniana de liberación nacional. Y las revoluciones pueden sorprender, derrotando o paralizando militarmente a enemigos mucho más fuertes. Los ejemplos clásicos son Vietnam, que derrotó a Estados Unidos en la década de 1970; Afganistán, que derrotó a la URSS en la década de 1980; Irak y nuevamente Afganistán, que derrotó a Estados Unidos ya en este siglo. O, más recientemente, Gaza, que ni siquiera tiene un ejército regular, pero ha detenido los planes de Israel para tomarla.
La muy fuerte resistencia ucraniana derrotó la ofensiva de Putin contra Kiev, Kharkov, Odessa y Kherson, obligando al ejército ruso a retirarse de varias regiones, sorprendiendo al mundo, generando una gran ola de solidaridad y abriendo el riesgo de una desestabilización total de la situación con una potencial derrota de Putin (como sucedió en Siria, con la caída de su aliado Assad). Fue este factor el que abrió la discordia entre Putin, Estados Unidos y la Unión Europea. Por lo tanto, EE. UU. y la Unión Europea tuvieron una política de «apoyar» a cuentagotas a Ucrania , con sanciones contra Rusia y proporcionando un mínimo de armas a Ucrania, para garantizar su control del proceso a través del Gobierno de Zelensky, pero de forma que Ucrania no pudiera expulsar a las tropas de Putin, desgastándose y volviéndose cada vez más dependiente del imperialismo estadounidense y europeo. Una política de «estirar» la guerra y desgastar la resistencia ucraniana, al mismo tiempo que desgastar a Putin y disciplinarlo, pero sin derrotarlo categóricamente, loque llevaría a la caída de su régimen, desestabilizando toda la situación. Esto es lo que explica el «apoyo militar a cuentagotas».
Estados Unidos y la Unión Europea se han negado a proporcionar a Ucrania baterías antiaéreas y aviones para contrarrestar los ataques con misiles rusos. Vetaron a Ucrania de armas pesadas de largo alcance y le prohibieron atacar territorio ruso, dejando a la retaguardia rusa completamente libre. Incluso las armas defensivas fueron vetadas, como hizo Israel, que se negó a vender a Ucrania las defensas antiaéreas de su «Cúpula de Hierro». Esta política cínica del imperialismo acaba de ser desenmascarada por The New York Times, que informa que en estos cuatro años de guerra Ucrania ha recibido de Estados Unidos solo 600 misiles Patriot, un arma defensiva clave para interceptar misiles rusos que atacan ciudades e infraestructuras ucranianas. Mientras que, solo en los primeros cinco días de la actual agresión estadounidense contra Irán, Trump utilizó más de 800 misiles Patriot para defender las bases israelíes y estadounidenses en Oriente Medio. Eso solo en estos cinco días, ya que Occidente suministra permanentemente montones de armas de todo tipo a Israel para el genocidio de los palestinos. Fue esta política de entregar el mínimo de armas a Ucrania lo que le impidió expulsar por completo a las tropas rusas invasoras y permitió a Putin reanudar su ofensiva después de sus derrotas de 2023. El costo de estas medidas de EE. UU. y la UE se paga diariamente en vidas ucranianas.
Un frente contrarrevolucionario de Putin y Trump
Después de años de guerra sin una solución visible, Trump asume con una política distinta. Necesita resolver las contradicciones de la economía estadounidense. La guerra perjudica a la economía y empresas estadounidenses, que quieren hacer buenos negocios en Ucrania y Rusia. Por lo tanto, se basa en el cansancio de la guerra, en la imposibilidad de Putin de lograr sus objetivos iniciales (derrotar la lucha de liberación nacional de Ucrania e imponer un gobierno títere en el país), y en la imposibilidad de Ucrania, siguiendo la estrategia actual, de expulsar a las tropas rusas del este de ucraniano, para forzar un acuerdo de capitulación de Ucrania y recolonizar el país (y de Rusia también). La política ya no es «estirar la guerra» sino terminarla rápidamente, con una capitulación de Ucrania y buenos negocios con Putin.
Putin es plenamente consciente de que no puede lograr sus objetivos por medios militares y que tiene serias contradicciones acumulándose, tanto militares como económicas. Por eso, intenta llegar a un acuerdo con Trump, con el objetivo de arrancar de la mesa de negociaciones lo que no consigue imponer por medios militares (todo Donetsk y la reducción de los efectivos del ejército ucraniano). La burguesía ucraniana, también sedienta de negocios con Estados Unidos y la Unión Europea (e incluso con Rusia), también quiere el fin de la guerra lo antes posible, teme la situación interna en
Ucrania, el desgaste del gobierno de Zelensky y la creciente insatisfacción del pueblo.
¿Qué les impide entonces a todos ellos firmar la capitulación de Ucrania? Una vez más, sus deseos chocan con el elemento central de la realidad: que la revolución ucraniana, a pesar de decenas de miles de muertos y la inmensa destrucción de sus ciudades, sigue viva en la resistencia militar contra Putin. La población ucraniana está cansada de la guerra, desilusionada con el gobierno de Zelensky, pero no acepta entregar territorio a Putin. La guerra en Ucrania muestra claramente lo que un pueblo en armas, en una guerra de liberación nacional, es capaz de hacer, incluso en las condiciones más desfavorables. Por eso, Zelensky se ve obligado a negociar mejores condiciones para el fin de la guerra. Sabe que si se firma la enrega del Donetsk a Putin, al día siguiente habrá un nuevo Maidan en las calles de Kiev que derrocará a su gobierno. Por mucho menos, el año pasado, debido al intento de Zelensky de frustrar una investigación de corrupción de su círculo íntimo, miles de ucranianos salieron a las calles en todas las principales ciudades ucranianas, obligando a Zelensky a retroceder, en un evento que, no por casualidad, se conoció como «mini-Maidan».
Por otro lado, Putin tampoco puede aceptar condiciones más favorables para Ucrania sin perder el control dentro del país. En medio del fracaso de su «Operación Militar Especial», necesita algo para presentar como «victoria» al público interno. Es por eso que hoy vemos una situación de estancamiento en las negociaciones.
La difícil situación de Rusia sobre el terreno
Desde 2023, utilizando toda la fuerza bruta que tiene disponible, el predominio aéreo total y la superioridad en infantería y artillería, Putin solo ha podido tomar alrededor del 1% del territorio ucraniano, a un costo muy alto en vidas de soldados rusos (200,000 muertos y una cantidad aún mayor de heridos graves) y de equipo militar. Ucrania, superada en número, aplica la táctica de retirarse lentamente, cobrando carísimo por cada hectárea tomada por el ejército ruso, desgastándolo. Y ese es el carácter de la guerra hoy, una guerra de desgaste. Desde 2023, la única ciudad de tamaño considerable tomada por Rusia ha sido Pokrovsk, con 60 mil habitantes. Es muy poco
Rusia ha perdido el doble de soldados en la guerra que Ucrania, tal vez incluso más. La razón de esto es política. El soldado ucraniano tiene la moral alta, defiende a su país contra un agresor externo, es visto como un héroe en su país. El soldado ruso es todo lo contrario, es un mercenario, con la moral baja, se le ve en su país como alguien que va a la guerra por dinero, porque no sabe hacer otra cosa. El soldado ucraniano proviene de la clase trabajadora, de la juventud primera línea de la revolución ucraniana. El soldado ruso es un marginal, lumpem, presidiario, que va solo por dinero o para salir de la cárcel, proviene de los sectores más degradados de la sociedad rusa. La mayor parte de los soldados, por eso, provienen de las regiones más decadentes y pobres de Rusia, donde no hay perspectivas de trabajo mínimamente digno. Esto se refleja en el terreno de la táctica militar. Las decisiones enyesadas y burocráticas del Alto Mando ruso, aplicadas ciegamente por los niveles inferiores de la jerarquía militar, no pueden competir con la flexibilidad y la iniciativa de las bases del ejército ucraniano, que han estado revolucionando las tácticas militares sobre el terreno. Es común, por ejemplo, que las tropas ucranianas se nieguen a cumplir las órdenes de ataque cuando consideran que están equivocadas, que arriesgan demasiado la vida de los soldados ucranianos, obligando a su Alto Mando a tener esto en cuenta.
El apoyo del pueblo ruso a Putin sí existe. El nivel de conciencia es demasiado bajo. La gente quiere el fin de la guerra, pero lo entienden en el sentido de Putin: el fin de la guerra presupone cierto grado de victoria rusa, es decir, la toma de territorios ucranianos. El incipiente movimiento que se oponía a la guerra y a Putin en 2022 fue completamente derrotado. Sin dudas, ese es un punto fuerte de Putin.
Pero esa es una verdad relativa. Este apoyo es pasivo, no hay entusiasmo por la guerra entre la población rusa. Ella “apoya” la guerra, siempre y cuando no tenga que ir a pelear. Que luchen presidiarios y marginales (si mueren, «tanto mejor») o mercenarios (si mueren, «fueron porque querían, por dinero, nadie los forzó»). Esta situación impide que Putin lleve a cabo una movilización general hoy, teniendo que depender de estos sectores mercenarios y marginales de la sociedad. Esto limita enormemente sus posibilidades, ya que estos sectores, dispuestos a luchar por dinero, empiezan a escasear, incluso con los altos sueldos, que pueden llegar hasta los 4.000,00 $US al mes. Las cárceles rusas ya están casi vacías. Un ejemplo fue cuando parte del territorio ruso de Kursk fue tomado por las tropas ucranianas en 2024. Los rusos no aceptaban combatir ni siquiera para defender «su patria». Por eso, Putin tuvo que recurrir a los soldados norcoreanos, una desmoralización (además de un fracaso militar). Putin no está en condiciones, hoy ,de aumentar cualitativamente sus tropas, a lo sumo ha podido reponer las bajas. Esto hace que se relativice su ventaja numérica en fuerza viva sobre Ucrania.
Al mismo tiempo, en armamentos y equipos militares, la situación también es compleja. En estos cuatro años, Putin se apoyó en las inmensas reservas de armas de la era soviética, pero estas existencias también han disminuido considerablemente. Estas reservas, acumuladas en décadas de «Guerra Fría», ya se han reducido a la mitad, siendo la mitad restante la más antigua, desactualizada y tecnológicamente obsoleta. Rusia no está en condiciones hoy de reemplazar estas armas y equipos militares en la proporción necesaria. Además, los avances en la técnica militar, con el uso intensivo de drones, han disminuido en gran medida la ventaja de Putin sobre Ucrania en armamento pesado. Hoy en día la guerra se libra en pequeños grupos, que pueden esconderse de los drones, otra razón por la que el avance ruso es muy lento.
Y en la economía también se acumulan las contradicciones. Hay inflación, aumento del costo de vida, de lastarifas públicas y caída de la productividad. Hay una grave escasez de mano de obra para la industria militar y una retraccción en la industria no militar. Hay una caída continua en los precios del petróleo y el gas y una falta crónica de inversiones en el sector. El gobierno ya ha gastado más de la mitad del fondo de reserva acumulado en décadas de ventas de petróleo y gas de alto precio. La economía amenaza con entrar en recesión, incluso con las muy altas inversiones estatales en la industria de guerra. La inversión privada en el país es la más baja en décadas. El proyecto de «sustitución de importaciones» de Putin es un fracaso, hoy Rusia depende totalmente de las importaciones de China. El gasto bélico anual alcanzó el 5,1% del PIB en 2025, lo que equivale a 140.000 millones de dólares, lo que también es insostenible.
Para empeorar la situación de Putin, la guerra ha llegado a las ciudades rusas, a través de misiles y drones ucranianos, erosionando el «contrato social» de la guerra, donde el gobierno «puede hacer cualquier cosa, siempre y cuando garantice la seguridad y la economía». La toma del territorio ruso de Kursk por las tropas ucranianas fue un duro golpe para Putin, al igual que los actuales ataques ucranianos dentro del territorio ruso.
Todo esto hace que Putin no pueda mantener el modelo actual de guerra, de ofensiva lenta y permanente con mercenarios y altas pérdidas en soldados y equipos, quemando las reservas soviéticas de armamentos y el fondo monetario de reserva. Así que Putin se aferra a Trump, con la esperanza de sacar de la mesa de negociaciones,lo que no consiguió en el campo de batalla. Esto muestra que se plantea la posibilidad de derrotar militarmente a Putin.
Situación en Ucrania: cansancio y resistencia heroica
Desde el comienzo de la guerra, el pueblo ucraniano ha mostrado una voluntad heroica de luchar. Pero la situación en Ucrania es difícil. Son cuatro años de bombas, muerte y destrucción. Hay una mezcla de resistencia heroica y cansancio de guerra. El gobierno de Zelensky (y la burguesía ucraniana en su conjunto) juegan un papel de saboteadores de la guerra. La economía del país no se puso al servicio de la defensa del país, sino al servicio de asegurar las ganancias de la burguesía. El gobierno puso todas las fichas en la dependencia del apoyo estadounidense y europeo, en lugar de girar la economía hacia la producción de armamentos. Hay fábricas metalúrgicas que cierran, o que producen para la exportación, en lugar de producir armamentos. Hay ejemplos absurdos de burgueses ucranianos que vendieron sus fábricas a burgueses rusos, que las cerraron, las desecharon o redujeron su producción. Además, hay grandes escándalos de corrupción, de miembros de alto rango del gobierno que intentan enriquecerse con la guerra. Hay desmoralización porque todos saben que solo los trabajadores van a la guerra, mientras que los hijos de la burguesía compran sus dispensas militares. El gobierno de Zelensky aprobó una serie de leyes anti-laborales.
A pesar del cansancio de la guerra, el descontento con el gobierno y la decepción con los «socios occidentales», los ucranianos continúan resistiendo y desgastando la ofensiva rusa. Todavía hay reservas, como indican las encuestas recientes, donde la mayoría de la población sigue oponiéndose a un «acuerdo de paz» que signifique la rendición de los territorios ucranianos. Todavía hay esperanza de victoria y un profundo orgullo en la lucha contra las tropas de Putin.
Para ganar la guerra, es necesario nacionalizar la gran industria, ponerla al servicio de la defensa nacional e independizarse de la presión de los imperialismos europeo y americano. Es decir, se necesita un gobierno de los trabajadores en armas.
Bielorrusia, el punto vulnerable de Putin, pero «olvidado» por todos
Hay un gran silencio de la prensa principal del mundo sobre Bielorrusia. Pero ella es un jugador clave en el desarrollo de la guerra. Bielorrusia no es el bastión de Putin, sino su punto vulnerable.
La revolución ucraniana tuvo sus repercusiones en Bielorrusia en 2020, en un fuerte movimiento que sacudió la dictadura de Lukashenko, en el poder desde 1994, pero no la derrocó. Con el apoyo de Putin, hubo una represión muy fuerte, miles de presos y emigrados.
Lukashenko ha logrado mantenerse en el poder, pero la insatisfacción profunda subyace en la sociedad, que odia la dictadura de Lukashenko. Es un gobierno frágil y dependiente de Putin, como lo fue Assad en Siria. No tiene base de apoyo en la población, se mantiene solo gracias al aparato represivo y, por lo tanto, contrariamente a lo que parece, es extremadamente débil. En este contexto, hay muchas razones para establecer paralelismos con el régimen de Assad que, en cuestión de días, se convirtió en polvo en el primer choque.
La pérdida de Bielorrusia sería un duro golpe para Putin, en términos militares, y más aún en términos políticos. La economía bielorrusa hoy depende de las órdenes de guerra del gobierno ruso, suministrando maquinaria, repuestos, tuberías metálicas, equipos y ropa al ejército ruso. El resto de la economía bielorrusa está en declive, con baja productividad. La situación económica está empeorando. En enero-noviembre de 2025, una disminución del -2,7% en la industria, con un -3,7% en la industria de capital. Hay una fuerte escasez de mano de obra en las fábricas. Este es un problema que afecta principalmente a las fábricas metalúrgicas más grandes, donde trabajan decenas de miles de trabajadores.
El pueblo bielorruso nunca ha aceptado la guerra contra Ucraniay ve a los soldados ucranianos como héroes. Es por eso que Lukashenko no se atrevió a llevar a Bielorrusia a la guerra, a pesar de estar tan cerca de Moscú. Los bielorrusos no aceptarían bajo ninguna circunstancia luchar contra Ucrania, que ven como un país hermano.
Mucho más que la caída de Assad, una caída del régimen de Lukashenko sería un factor decisivo en la derrota de Putin en Ucrania, con consecuencias estratégicas para Europa del Este. Si el ejército ucraniano entrara en Bielorrusia, sería bienvenido como un libertador, con una confraternización masiva, lo que provocaría una nueva explosión revolucionaria. Ni siquiera los que forman parte del régimen bielorruso lo defenderían, se disolvería más rápido que el régimen de Assad.
Esto significaría, en la práctica, la derrota de Putin en la guerra y la victoria de los pueblos de Ucrania y Bielorrusia. A través de cientos de miles de emigrantes ucranianos y bielorrusos y la solidaridad de Europa del Este, que se ha fortalecido en los últimos años, esto provocaría una explosión de entusiasmo revolucionario en Lituania, Polonia y toda la región. Esta es exactamente la razón por la que el gobierno burgués de Ucrania no hace esto y, por el contrario, ha construido una barrera en la frontera y prefiere cortejar al régimen de Lukashenko. También lo hace Trump, que está negociando con Lukashenko para levantar las sanciones.
Conclusiones
El modelo actual de guerra que Putin ha estado librando es insostenible en el mediano plazo, tal vez incluso en el corto plazo. Putin no tiene ninguna posibilidad de ganar la guerra en términos militares. Para ser exactos, Putin ya ha sido derrotado en su plan inicial para derrotar el proceso revolucionario ucraniano e imponer un gobierno títere en Kiev. Lo que hace ahora es administrar esta derrota, intentando alguna salida que pueda vender al público interno ruso como una victoria, como la conquista de la región de Donetsk en su conjunto. Militarmente, Putin está muy lejos de lograr incluso este objetivo degradado. Se necesitarían al menos dos años al ritmo actual, lo que, como vimos anteriormente, es insostenible. Por lo tanto, intenta lograrlo con la ayuda de Trump, quien fuerza a Ucrania a aceptar la entrega de Donestsk. Por otro lado, Ucrania ya está victoriosa en su tarea fundamental, defender Kiev e impedir que Putin imponga una marioneta al gobierno. Por lo tanto, se plantea la posibilidad de derrotar militarmente a Putin.
La salida para Putin es un acuerdo con Trump que obligue a Ucrania a capitular. Pero la resistencia ucraniana sigue viva y no acepta una capitulación hoy. Es por eso que la situación militar está en un callejón sin salida, al igual que las llamadas «negociaciones de paz». Pero la resistencia ucraniana también choca con el Gobierno de Zelensky que, con su política burguesa, socava la voluntad ucraniana de luchar y somete al país a una dependencia cada vez mayor del imperialismo occidental. La lucha del pueblo ucraniano contra la agresión de Putin y la lucha del pueblo bielorruso contra la dictadura de Lukashenko, sostenida por Putin, son dos lados de la misma lucha. Construir la unidad entre estos dos pueblos contra Putin es la tarea más estratégica de la región.
La lucha por la liberación nacional en Ucrania y Bielorrusia, como en cualquier otro país oprimido, se enfrenta al sistema capitalista de estos países dependientes y semicoloniales. Es una lucha democrática que, por lo tanto, tiene un profundo potencial anticapitalista. La burguesía de estos países, sedienta de capital extranjero, es un agente de opresión y sumisión. La lucha por la liberación nacional solo puede tener éxito si está indisolublemente vinculada a la lucha por la liberación social de los trabajadores.
La guerra en Ucrania es un evento central de la lucha de clases mundial, porque enfrenta directamente a la revolución nacional-democrática ucraniana contra la contrarrevolución de Putin en el centro de Europa. Una victoria para Ucrania significaría una victoria para el campo de la revolución, mientras que una victoria para Putin significaría una victoria para la contrarrevolución. En ambos casos, con consecuencias para todos los explotados y oprimidos del planeta.
Por todo lo anterior, estamos incondicionalmente del lado del pueblo trabajador ucraniano, en defensa de su derecho a la autodeterminación y la liberación nacional y por la derrota de Putin en la guerra. Al mismo tiempo, no confiamos en el gobierno de Zelensky, legítimo representante de los grandes oligarcas ucranianos, ni mucho menos en las llamadas «democracias occidentales» que, bajo un discurso en apoyo de Ucrania, de hecho negocian con Putin. Fue el pueblo trabajador de Ucrania quien derrocó al gobierno pro-Putin de Yanukovich en 2014 en el Maidán, fue el pueblo trabajador de Ucrania quien expulsó a las tropas de Putin de Kiev, Kharkov, Odessa y Kherson en 2023, fue la lucha del pueblo trabajador de Ucrania lo que impidió que Putin salvara a su aliado Assad en Siria a principios de 2025. Y son los trabajadores de Ucrania los que pueden derrotar al verdugo Putin.
